viernes, 19 de septiembre de 2014

LAS PUERTAS DEL CIELO. 2009.

 Este nuevo libro de cuentos se publicó  el 28 de diciembre del 2009, siempre bajo el sello Ediciones Guolestrít. Con un tiraje de 300 ejemplares. El libro trae 20 cuentos:

Las puertas del cielo. Hormigas bajo mi zapato. Hadas de cuento. Retro. Misión Impasible. No somos una familia virtual. Yo, el 23. Hombres muy hombres. Guachimán. Perdedor promedio. Blade Runner vs. Guardabarranco. ¡Oh, Susan!. Puto. Hasta que el fastidio los separe. Masturbete mortis. Tiempo de morir. El segundo nacimiento de Faustino. La reina fea. El fardo. Espiral. 

Del libro, el escritor Henry Petrie publica una reseña aparecida en La Prensa Literaria el 12 de junio del 2010; aquí un fragmento: 

" Se caracteriza por la variedad temática, la ridiculización y crítica a los convencionalismos sociales, al fanatismo religioso y a la moralidad hipócrita. Denuncia injusticias, atropellos, estado de guerra y terror con reclutamiento forzoso (Guachimán, P. 28) Sus cuentos se nutren de los conflictos que generan la vida contemporánea, la influencia del desarrollo tecnológico y de los factores globalizantes, como la cinematografía actual, invasora y detonante del oscurantismo y mentalidades violentas."


Portada del libro.
21 x 14 cms. 82 páginas.


YO, EL 23

    El obeso ubicado en la punta de la fila menea un poco su timba, se le bambolean los colgajos del cogote. Las nalgas peludas celulíticas, rosadas con parches rojizos, paños blancos sobre la espalda, prominente hernia umbilical, cabeza de pelo negro, atestada de caspa, pectorales afeminados.

     ¡el número 18!
    — ¡una libra de posta de pierna, dos de lomo.
 
    Sigue la mujer bajita, blanca, vieja, senos caídos, lunares grisáceos con pelos gruesos prendidos, cual garrapatas, a la nuca robusta. El vello púbico negro y con canas se le extiende hasta la ingle, papada arrugada, axilas afeitadas, voz chillona, aliento cochambroso.

    — ¡el 19!
    — ¡aquí…dos libras de molida especial!
 
    Un hombre asoma su perfil, testa de cuervo, rasurada, cuello de camello, pecho flaco y plano, la palidez del torso se extiende hasta la altura de los antebrazos, de ahí en adelante todo es moreno falso quemado por el sol. Los testículos le cuelgan pegados a la entrepierna, el pene encogido blancuzco, prepucio color violeta escondido entre el pelambre genital lustroso de grasa. Largas y sucias uñas de los pies, corvas huesudas, vellos irregularmente dispersos por toda su anatomía.

    — ¡siguiente!
    — ¡libra y media de hígado!
 
    Mujer preñada apretando las nalgas hundidas para ahogar una imprudente flatulencia. Piernas de rodillas juntas y pantorrillas apartadas, un degradado del morado al blanco viniendo de los pies y terminando en la vulva soplada; la barriga estirada y brillante inundada de venas violáceas, sobre el tope de la redondez ya se montan las tetas henchidas, pezones grandes y oscuros, un cuello más oscuro que el pecho sostiene la cabeza de párpados prominentes, bolsas bajo los ojos, boca afligida.

         ¡veintiuuuuno…!
         ¡aquí… deme la ubre!
  
    Arrima un ente arrogante, calvo con cara de licenciado, presume con su obesidad exagerada, casi totalmente desprovisto de glúteos, escroto mínimo, pene insignificante. Muslos gruesos como de rinoceronte, rodillas manchadas, codos pellejosos, pantorrillas arqueadas hacia atrás, pelos que asoman de las orejas, ojos enrojecidos de batracio, boca pequeña similar a un ano con labios. Despliega su sonrisa académica para saludar a alguien y deja ver unos dientes oblicuos similares a los de un roedor.

      ¡a ver…usted tiene el 22! ¿Cierto?
    —Dame  sesos, tres libras…
 
    Mujer joven, senos levantados y pequeños, nalgas carnosas un tanto caídas, cadera ancha de hembra reproductora, pelo negro recogido detrás de la nuca, pintados los labios, el rostro repellado de tanto maquillaje, collares, aretes, pulseras, coño totalmente afeitado, igual los sobacos, se agacha a recoger una moneda y enseña el esfínter rojo rodeado de pequeñas espinillas, exhibe su herpes genital. Uñas pintadas, carnes firmes.

    — ¡usted señor, páseme su ficha! ¿Qué numero tiene?
    — ¡pues el último de la jornada! ¿Qué, no ve?
 
    Mi turno: hombre alto, anatomía claramente propensa a enfermedades cancerosas. Barriga soplada, brazos y piernas claras, verrugas en la espalda, mezquinos en la parte posterior de las piernas, escaso de pelos, nalgas esmirriadas, genitales encogidos del miedo. Primera cuchillada en el antebrazo, brota la sangre salpicándome el rostro aterrorizado, la primera rebanada de mi fibra cae entre la gran bandeja, se mezcla con otras carnes, con otras sangres, con otras pieles ya inertes, con otros miedos ya perdidos, tragados por la cinta metálica rotatoria que huele a olvido. Siguen con mi destace, desfilará mi cabeza con la boca abierta, ya sin globos oculares colgará ensartada del gancho de hierro al lado de las anteriores, sacudiéndose lentamente será trasportada al descampado, será devorada por las bandadas de encorbatados buitres carroñeros que, acechantes desde los rascacielos de concreto, custodian eternamente la entrada al paraíso.
 

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