domingo, 14 de septiembre de 2014

CRÓ-NICAS PARA LA EDAD DEL HAMBRE. 2002.

 Es un libro de cuentos publicado por la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de León (UNAN León) en el año 2002. La publicación fue el premio obtenido al ganar el primer lugar en la rama de cuento de los Primeros Juegos Centroamericanos realizados el año 2000 bajo el auspicio de la UNAN León, La Asociación de Amigos del Teatro Municipal "José de la Cruz Mena" y el Instituto Cultural Rubén Darío.

Los cuentos publicados son:

PRIMERA PARTE: 

La única herencia de familia. Fantasma desnudo. Michael Jackson y la vaca de doña Bertilda. Fábula del buitre blanco. El candil y los grillos. Concierto huracanado de pollo con albóndigas.

SEGUNDA PARTE:

Una noche sin luz eléctrica. Flores de esponja. Espinillas y mocos. Monólogo de la cuestioncita. Las tentaciones de Juan Andrés. El sudor memorable de doña Merceditas. Cadena. Clinch. Muro de alambre.


Portada del libro.


CONCIERTO HURACANADO DE POLLO CON ALBÓNDIGAS


“ Qué dolor de papeles que ha
                                                 de barrer el viento,
                                               qué tristeza de tinta que
                                                           ha de borrar el agua.”
                                                           (Rafael Alberti)

 

Algo cinematográfico las muertes de aquellas gallinas de muslos blancos, pechugas rosadas. Thalía canta con su estilo. Algunas de las aves tenían varios huevos en su vientre, Ramiro no supo matarlas bien. La mujer se contorsiona, sube ambos brazos y junta las tetas que asoman por el escote, usa el micrófono como un falo mágico embadurnándolo de lápiz labial. Ramiro les torció mal el pescuezo, los animales volteaban los ojos a punto de irse de este mundo, pero resistían  y volvían en sí pataleando y aleteando con desespero. La cantante hace la venia, recibe miles de aplausos mientras sonríe con estudiada mueca fría e impersonal. Finalmente el hombre les cortó la cabeza de un machetazo porque aquellas pobres plumíferas se aferraban dramáticamente a su hilo de vida. El humo inunda la escena, Thalía desaparece enseñando sus nalgas lentejueleadas, regresa con los brazos extendidos, el público aplaude frenético, hay quienes se halan los pelos. La sangre salió a chorros, aún sin cabeza las gallinas pataleaban y aleteaban. La muñequita plástica se retira agitando sus manitas, estirando siempre la boca brillante; fotos, flashes, alaridos. Ramiro ríe con fruición, después lava sus manos y las seca en el pantalón manchado de sangres viejas. Suspenso en la escena, alguien anuncia: ¡...y con ustedeeees... Luuuuis Miiiiguel..!. Ramiro observa con enojo hacia la entrada del negocio,, Eugenia viene tarde: “¡ Idiay chavala... te dormiste, la hora de entrada es a las cinco de la mañana!”. Una fanática rompe el cerco de guardias y se abalanza encima del cantante, se le guinda del cuello y lo ataca a besos. Eugenia mira a Ramiro, no contesta nada, aún está dormida, hiede a orines, no se ha bañado, ni peinado, ni enjuagado la boca. Los guardaespaldas arrancan violentamente a la muchacha del figurín que se peina y sigue cantando: “ ... de tus besooos...oohoohoooh... cuando calienta el soool...”. Eugenia se estruja los ojos con el dorso de la mano, levanta con pereza el saco para el carbón y, arrastrando las chinelas, se encamina a la venta. Luis Miguel baila levemente, le arrojan calzones, fustanes, sostenes; la primera fila del público se cuelga de la tarima, la policía apenas puede contener la avalancha de fanáticas fuera de sí.

Ya han desplumado las gallinas, Ramiro las descuartiza ágilmente, Luisito barre el plumerío, las pieles quedan desnudas y erizadas, las cabezas colgando aparte, el agua hirviendo. Hay que pelar verdura, preparar la masa para las albóndigas. Eugenia regresa con el saco de carbón, lleva una camiseta sin mangas y el frío de la madrugada agita su bronquitis. Luis Miguel alborota su melena, se despoja del saco leva y lo arroja a la masa que se deshace por tenerlo. Sonríe el artista, su rostro partido en cuadrantes se proyecta desde las pantallas gigantescas que circundan el lugar. Ramiro mete en agua pechugas, perniles, pescuezos, verduras cortadas, sal; Eugenia atiza el fuego con una varilla de hierro. El cantante se dobla hacia adelante con una mano en el pecho y otra extendida saludando al respetable, los aplausos no cesan, es ensordecedora la gritería del público. “Ahora vamos con el chancho” dice Ramiro; Eugenia y Luisito arrastran al animal que chilla presa del pánico, va amarrado de patas y manos, no es muy grande. “¡Otra, otra, otra...!” pero nada, su contrato no da para más; sonrisitas, venias, cortesías a los músicos, cambios de luces, ir y venir de cámaras y fotógrafos; el ídolo decide, en gracioso gesto, lanzar su corbatín al aire.

Es difícil controlar aquel porcino, quizás presiente la proximidad de su muerte, brama hasta que Luisito le hunde el cuchillo marranero en el cogote, sus chillidos y convulsiones se van apagando. El público se calma, unos vuelven a sus asientos, otros comentan y canturrean, otros van por un refresco o un pito de marihuana. “Chancho hijuelagranputa tenía más fuerza que un hombre” dice Eugenia mientras guinda a la bestia con la cabeza hacia abajo; Ramiro pone un balde bajo el animal colgado para recoger la sangre. De repente las luces se apagan, un sonido creciente se va adueñando del lugar, la gente se desgalilla frenéticamente, un contraluz define gradualmente varias siluetas estáticas en escena; los gritos de transforman en berridos enloquecidos. Ramiro, Eugenia y Luisito han quedado empapados de sangre, las caras, las manos, los delantales. “Andá ponele más leña al fogón mientras le abro las tripas a este jodido” dice la niña Eugenia. Humo, una luz cenital ilumina la silueta recogida de Ricky Martin encaramado en un podio espectacular. Humo, Luisito mete tres tucos grandes de leña al fuego que se alza alumbrando el amanecer oscuro y helado de la ciudad. Cuando Ricky se levanta, caen las primeras desmayadas, salen disparados fuegos artificiales, juegos de luces; un rótulo gigante de la Pepsi parpadea al lado del escenario central. La estrella se estira, baila coordinando movimientos con otros danzarines; el gentío salta entusiasmado. Luisito regresa chapoteando por los charcos sucios del mercado con un bidón de agua limpia sobre la cabeza, maldice porque debe hacer dos viajes más y el camino está lodoso. Ya van tres días seguidos con mal tiempo y las noticias anuncian la llegada de un huracán.

     Cantando Ricky gira sobre si mismo, levanta el brazo derecho y despliega su sonrisa sobre el micrófono inalámbrico. La multitud se tira al piso, cantan con los ojos cerrados, juegan a formar olas humanas, sacuden las cabezas. El cantante recorre de lado a lado la tarima señalando al público con el dedo índice estirado. Ramiro calcula que la sopa se venderá rápido, el frío es intenso. Luisito descarga el bidón de agua, se amarra mejor el pantalón con el mecate y se encaja las chinelas de hule, así corre menos riesgo de resbalarse. Los bailarines están bañados de sudor pero sonríen siempre al público, parecen muñecos de goma por su flexibilidad al moverse. Ricky menea la cadera como fornicando al aire. Eugenia aparta la cabeza y las patas del chancho, alista las tripas, prepara la moronga. Luisito revuelve la sopa de gallina con albóndigas. Se adivina la llegada del nuevo día bajo un cielo gris plomizo. Cuando Ricky termina su presentación, todos en escena quedan quietos de nuevo, como estatuas vivientes y transpirantes. Truena el auditorio en gritos y aplausos mientras la policía corre a contener el desborde histérico de aquella masa de carne informe y convulsa; muecas, gesticulaciones sobre la frontera metálica que los separa de su dios. Los caramancheles del mercado lucen sombríos, la gente transita mustia también, con chaquetas impermeables, capotes de plástico, sombrillas de colores chillones; todo es sórdido y triste. De la tarima salen corriendo primero los bailarines, después Ricky caminando hacia atrás, lanzando besos al público. Sus dientes se proyectan descomunales desde las megapantallas mientras algunos, allá abajo, lloran emocionados.

Desde las radios vecinas provienen noticias que se cruzan en la atmósfera húmeda, todas coinciden en la inminente llegada del huracán, transmiten instrucciones precisas para prevenir desastres mayores. “¡...Y en esta noche de estrellas rutilantes, no podía faltar la presencia de uno de los grandes, ya ustedes saben de quién se trata... ¿ no adivinan?...”; de nuevo oscuridad total en la tarima. Luisito no puede creer en babosadas, necesita trabajar para comer, aunque Ramiro le pague una miseria. Los árboles comienzan a doblegarse vencidos por las primeras ráfagas de viento. “Abrázameee y no me digas nada sólo abrázameee...”, retornan lentamente las luces a escena: una figura solitaria canta sentada sobre una banca de patas largas y sin espaldar. Ya el público sabe quién es, su voz inconfundiblemente empalagosa inunda el ambiente. La gente vuelve al frenesí, al llanto eufórico. Los cables de luz se bambolean amenazadores, los rótulos colgantes crujen desde su óxido acumulado; rechinan flojas algunas láminas de Cinc. Ramiro revuelve el agua de la sopa, Eugenia prepara el chicharrón, Luisito vuelve con otro bidón repleto de agua limpia. “Abrázameee, como si fuera ahora la primera veeeeez...”. Se sacuden los techos plásticos rasgados; las bujías de luz amarilla encendidas sin alumbrar nada, inútiles como luciérnagas. “...como si me quisieras hoy igual que ayeeer”. Llueve de lado, el viento empuja al aguacero casi horizontalmente, dejando pocos rincones donde guarecerse. Las parejas bailan apretadas, algunos se besan y acarician impúdicamente, Julio Iglesias se levanta de la silla, su rostro enjuto en las pantallas, canta con los ojos cerrados; la policía descansa  y se prepara para lo que viene.

— ¡Apurate Luisito, traé por lo menos otro bidón de agua limpia antes que arrecie el aguacero!

— ¡Pero don Ramiro, es peligroso pasar el puente, mire el cauce cómo  está de crecido!

— ¡Idiay... ¿ Para qué te pago?, andá traéte el otro viaje y no te jodo más ¡

“Esperaré a que vuelvas si te vaaaas...”, Julio regresa a la silla, junta las manos sobre el micrófono, agacha la cabeza; aplausos, besos, Julio, Julio, Julio, Julio; flores al aire, de nuevo la policía a contener el alud. El ídolo saluda con una reverencia, se acerca al público y, con ademán donjuanesco, arroja su pañuelo de seda al gentío atolondrado.

Los vehículos transitan a las 8 de la mañana con luces encendidas, las calles están vacías; un grueso aguacero azota el asfalto azuloso. Los monitores muestran una panorámica del estadio atestado, al fondo se distingue un nicho iluminado; algunos reflectores lanzan densos haces de luz hacia la noche. Por el mercado se dispersa un aroma a chicharrón, a frituras con ajo y cebolla. Los callejones formados por hileras de casuchas de plástico, madera y cartón, lucen desolados. Comienza a hervir la sopa de gallina; el cielo negro relampagueante avanza inclemente tragándose las siluetas blancuzcas de las casas y las cúpulas de catedral. Las megapantallas transmiten algunos anuncios comerciales mientras el público vuelve a sus lugares después del intermedio. Algunos duermen la pea sobre la grama o en las graderías, pero la emoción es intensa y contagiosa, saben que viene la sensacional Shakira y hay que pelear por un buen lugar. Por los recovecos del mercado corren los primeros riachuelos de agua amarillenta llena de basura. Salen los músicos a escena, el público busca ansioso a la superestrella. Pasan flotando tomates podridos, bolsas plásticas, hojas secas de plátano, cáscaras de naranja, y de mango, y de coco, y de sandía. Ratones muertos, cerotes de caballo y otras porquerías. Una vez más el presentador desde su podio, vibran las gargantas alucinadas, el hombre anuncia a la estrella. 

De un rincón olvidado asoma una niña famélica, se desdobla despreocupada y se mete entre la corriente; Eugenia la observa mientras revuelve la sopa. La muchachita camina bajo el aguacero con pasmosa tranquilidad, va descalza, el pelo desaliñado y empastado de tierra. Parpadean los reflectores mientras cambian de color, inicia la música, aumentan las aclamaciones; la multitud alcanza su enésimo clímax cuando aparece la cantante con su pelo rojo emitiendo destellos al ser tocado por las líneas de luz: “Ayer conocí un cielo sin soool luna sin cieeelooo...”, Shakira estira y separa sus piernas de zancuda mientras canta observando fijamente el lente de la cámara. Los corredores del mercado huelen a nacatamal; Ramiro y Lusito retiran la sopa del fuego. La chavalita sigue metida entre la correntada ignorando los llamados de la gente advirtiéndole el peligro. “Un río sin sal y un barco abandonado en el desieeertoo...”, la multitud en tropel tararea la melodía mientras es bañada por los chorros de luz que recorren el campo abierto. Alguien hala del brazo a la niñita poniéndola a salvo del torrente de agua; el huracán ya ha entrado con toda su fuerza, los rayos cuartean con su luz plateada el toldo oscuro del cielo y los relámpagos hacen que los techos de cinc y los ventanales de León parezcan un ejército de espejos listos a enfrentar  la tormenta. El espectáculo continua con la misma intensidad, los ojos de Shakira en primer plano, la cadera de Shakira, su ombligo sensual en las pantallas, las uñas cuidadas, los pasos de baile prefabricados, mismo molde para distinto modelín, como un manual de la fama: Subir los brazos, echar hacia atrás los glúteos y luego apretarlos hacia adelante, girar meneando la cadera, meterse el micrófono en la boca...No pasa de las nueve de la mañana y León esta a oscuras; ciudad aterrorizada sumida en la ansiedad. A veces las cúpulas de las iglesias se iluminan, parecen las proas caprichosas de barcos gigantescos perdidos en una tempestad a mar abierto. Shakira termina su presentación bajo apoteósicos aplausos; se retira igual que los otros, sonriendo como los anteriores, agitando la mano como cualquiera ante el público que se desgañita una vez más. Las cámaras repiten tomas similares, luces similares, humo igual. León a la deriva, ciudad- barco acorazado con tejas de barro y muros de adobe, armazones de cemento y hierro, camarotes de cartón y plástico, de bloque y perlín, de paja y chagüite, de barro y de bronce. Ciudad río, los bloques de casas anegadas, el río serpenteando entre las cuadras, creciendo el río, comiéndose los caminos de piedra y tierra, llevándose el recuerdo de los días de sol. La tempestad como esencia de la furia, la ira desatada en todo su esplendor castigando la altivez y el señorío de la ciudad indefensa y extenuada.

Allí están todos reunidos por fuerza mayor: Thalía, Luis Miguel, Ricky Martin, Julio Iglesias, Shakira; tomados de la mano. Los transeúntes escasos se amontonan contra el muro tratando de resguardarse, allí esta Luisito con su bidón, Eugenia con el cucharón de la sopa, Ramiro con su cuchillo, empapados en sangre de cerdo y de gallina, juntos, arrinconados y asustados; solos mirándose entre ellos con estupor, con la inundación a media pantorrilla, remojados, aparando con la lengua el agua que les escurre, temblando de frío, aplanados en los resquicios secos. Los ídolos hacen la venia, sonríen, levantan las manos unidas, se besan entre ellos bajo una lluvia de flores y serpentinas. Alguna gente está descalza, otra con las chinelas o los zapatos en la mano, con la mirada extraviada en la danza de las gotas sobre los charcos, con las mangas del pantalón recogidas, las faldas mojadas, los delantales arrugados; algunas mujeres con el pelo atado atrás de la nuca. Los nacatamales sin vender, la moronga sin vender, la suculenta sopa de gallina con albóndigas olvidada ante la ferocidad del huracán.

—Eugenia, andá apagame ese televisor antes que lo joda un rayo.

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